Utopias en Equilibrio
10 de marzo de 2026
Mateo Uribe-Castro, Universidad de los Andes.
Doctorado: U. of Maryland, College Park.
Pregrado: Universidad EAFIT.Página personal: muribec.github.io/
Sobre la iniciativa voces: https://economia.uniandes.edu.co/voces
Un comentario sobre la primera Robinson Lecture de la Facultad, dictada por James Robinson
Disfruté mucho la conferencia reciente de James Robinson en la Facultad. Unorthodox en el mejor sentido de la palabra. Este es un comentario personal para tratar de contextualizarla.
La palabra desequilibrio sale en el título: “El desequilibrio fundamental de América Latina.” Me pareció confuso, porque salí convencido de que lo que Robinson realmente describe es un equilibrio: uno en el que las reglas se adoptan pero no se siguen. Y, más importante: uno en el que la mayoría de los miembros de la sociedad saben que las reglas pueden adoptarse sin cumplirse, y todos saben que todos saben, y así sucesivamente.
Este equilibrio, con conocimiento común sobre cómo las reglas pueden adoptarse sin seguirse, es particularmente visible en América Latina. Con referencia a la literatura uruguaya del siglo XX, lo real y lo ideal coexisten uno encima del otro, o uno al lado del otro, o en alguna otra configuración que evita que la versión utópica de la sociedad choque con su versión real. Las reglas son aspiracionales y pueden ignorarse en equilibrio.
Un ejemplo de su argumento es Charles de Gaulle burlándose de Brasil: “[it’s] the country of the future, and always will be.” El argumento ayuda a explicar el número y alcance de las constituciones aspiracionales. Es Nicolás Maduro declarando el 1 de octubre como el inicio de la Navidad. Es el presidente de Colombia subiendo el salario mínimo un 23% este año. Incluso antes del aumento: el equilibrio lleva a fijar el salario mínimo muy por encima del ingreso mensual mediano de los trabajadores.
¿Por qué adoptarían las sociedades reglas que no tienen intención de cumplir? La respuesta de Robinson me sorprendió como su estudiante. Mi expectativa era que la respuesta tendria un componente de conflicto distributivo: las sociedades difícilmente adoptan reglas que mejorarían el nivel de vida de la gente, porque esas reglas amenazan el poder político de las élites. Este marco es útil para pensar en el cambio institucional, pero es insuficiente para explicar por qué hay reglas que no se siguen.
En la conferencia, Robinson propone una explicación cultural. Algunas sociedades creen con mayor facilidad que las reglas pueden adoptarse e ignorarse si esas reglas se entienden ampliamente como utópicas. La República Dominicana puede cambiar su constitución cada pocos años porque las constituciones funcionan como repositorios de aspiraciones, no como restricciones. La Navidad puede empezar en octubre si uno de verdad cree en su magia. Se puede garantizar el nivel de ingreso de los trabajadores por decreto. Los líderes políticos venden sueños que se pueden legislar y convertir en ordenanzas sin amenazar fundamentalmente el status quo.
Los latinoamericanos, según Robinson, exhiben este conjunto de creencias por razones relativamente idiosincráticas relacionadas con los legados culturales de la Contrarreforma tras la Reforma Protestante. La Iglesia católica, ante la competencia, decidió coexistir con otras religiones en lugar de hacerles concesiones. El Convento de Santo Domingo construido sobre el templo Inca en Cusco ilustra la capacidad de la sociedad de aceptar lo real y lo ideal juntos sin enfrentar las contradicciones. Los indígenas del Perú no se convirtieron tanto al catolicismo sino que “went through the motions.”
Esta charla se aparta del trabajo anterior de Robinson en dos sentidos: uno práctico y uno conceptual.
Primero, en esta occasion a Robinson no le preocupa el “testeo de hipótesis,” contrario a la expectativa comun, al menos juzgando por las preguntas del público. En este caso, su foco está en la coherencia interna del argumento, no en identificar cadenas causales. Aunque el impulso del economista moderno es pedir pruebas y contrafactuales, Robinson no está argumentando a favor ni en contra de mecanismos causales específicos.
Para empezar, medir el tipo de sistema de creencias que él identifica es extraordinariamente difícil. Medir creencias ya es complicado; medir la “capacidad de sostener lo real y lo ideal al mismo tiempo” puede ser todavía más difícil. A diferencia de las preferencias temporales o la aversión al riesgo, este rasgo no se traduce fácilmente en preguntas de encuesta o diseños experimentales.
En cambio, Robinson propone un ejemplo como argumento: el movimiento artístico y arquitectónico del Barroco. Promovido deliberadamente por la Iglesia, el Barroco ofreció una plataforma visual y simbólica para el sincretismo religioso —y, en la narrativa de Robinson, apunta al desarrollo de un sistema de creencias más amplio.
Barroco: “Un patrón de ornamentación donde no hay centro, o si lo hay, puede ser continuamente descentrado por más ornamentaciones. Todo puede caber y añadirse” (diapositivas lecture)
Para Robinson, la adopción del arte barroco en América Latina ilustra la disposición a adoptar reglas que pueden coexistir con el status quo, en vez de derrocarlo. Las iglesias barrocas frecuentemente representan deidades católicas e indígenas por igual. Esto funciona como argumento si uno acepta que las creencias culturales pueden inferirse de la representación artística.
En un trabajo en progreso con Miriam Artiles y Gonzalo Gonzalez-Melo, exploramos una idea relacionada: proponemos una forma de medir lo que los arqueólogos llaman cultura material. Estudiamos ~30.000 objetos de cerámica pertenecientes grupos en Peru, entre 700 a.C. y 1400 d.C. y construimos medidas simples de estilo usando modelos de embeddings. Los datos muestran cómo la cultura material evoluciona sistemáticamente con la organización social, el conflicto y la geografía. Puede que nunca conozcamos los sistemas de creencias precisos de las sociedades preincaicas, pero podemos inferir aspectos de su evolución a partir de los objetos que sobrevivieron. Desde esta perspectiva, el arte barroco no es evidencia, pero sí es informativo.
La segunda diferencia tiene que ver con el concepto subyacente de instituciones. En trabajos anteriores con Acemoglu y Johnson, Robinson siguió el marco de North de “instituciones como reglas”: las instituciones son las reglas del juego y los medios de aplicación que restringen el comportamiento humano. Este enfoque debe lidiar con el hecho de que algunas reglas no se siguen y que algunas restricciones no se diseñan deliberadamente. Si las instituciones son reglas, deben diferenciarse de algunos rasgos culturales de alguna manera.
Una visión alternativa —asociada con académicos como Avner Greif— argumenta que esta distinción no es útil. Las instituciones son equilibrios de comportamiento: regularidades que persisten porque ningún individuo tiene incentivo para desviarse, dadas las creencias y acciones de los demás. Lo que importa no es si una restricción está escrita o es articulada conscientemente, sino si es self-enforcing.
Visto así, el argumento de Robinson se vuelve más claro. La capacidad de adoptar simultáneamente reglas utópicas y vivir con realidades contradictorias es un resultado de equilibrio, moldeado por fuerzas culturales (la Contrarreforma) así como por los costos de transacción clásicos que subyacen a los problemas de agencia. “Obedezco pero no cumplo” no es un fracaso de las instituciones, es la institución. Es un comportamiento de equilibrio que refuerza el status quo y bloquea el cambio institucional socialmente eficiente.
Taking stock
El objetivo no era explicar patrones divergentes de desarrollo. Lo entendi como un marco para entender una contradicción latinoamericana particular. Pero creo que si habia alguna intuición en la conferencia de una teoría del desarrollo.
El peligro para el desarrollo es que adoptar reglas que no se siguen impide aprender. Cuando las reglas no son binding, las sociedades no pueden aprender del resultado de la implementación. Hay un “absent feedback loop”: la realidad nunca disciplina a la utopía porque las utopías fallidas simplemente se suman al repertorio de aspiraciones sin entender por qué no se materializaron.
Petro quizás nunca reciba la retroalimentación de sus políticas de mercado laboral. El actual estrés fiscal de Colombia revela lo lejos que está la Constitución de 1991 de la realidad —pero si Robinson tiene razón, la respuesta probable no es la convergencia entre aspiraciones y realidad, sino una utopía renovada.

