¿Puede una casa cambiar el futuro de un niño? Evidencia desde Colombia
3 de febrero de 2026
Valentina Duque, Profesora Asistente de las Escuela de Políticas Públicas en American University en Washington, D.C.
Doctorado: The London School of Economics and Political Science (LSE).
Pregrado y maestría: Universidad de los Andes.Página personal: https://sites.google.com/site/valduhe/home
Sobre la iniciativa voces: https://economia.uniandes.edu.co/voces
¿Puede una casa cambiar el futuro de un niño?
La pobreza tiende a heredarse. En Colombia —como en muchos países de ingresos medios— nacer en un hogar pobre reduce drásticamente las probabilidades de completar la educación secundaria, acceder a la universidad y, en última instancia, escapar de la pobreza en la adultez. Este patrón de transmisión intergeneracional es especialmente difícil de romper porque los niños pobres enfrentan múltiples desventajas al mismo tiempo: viviendas precarias, escuelas de baja calidad, barrios inseguros y escasas oportunidades económicas para sus familias. Frente a este panorama, surge una pregunta clave para la política pública: ¿qué tipo de intervención puede realmente cambiar el curso de vida de estos niños?
Durante décadas, muchos programas sociales han apostado por intervenciones parciales: transferencias monetarias, subsidios focalizados o apoyos condicionados a la asistencia escolar. Si bien estas políticas han demostrado ser efectivas, sus impactos suelen ser modestos y graduales. En contraste, existe una idea más ambiciosa —conocida como el enfoque de “gran empujón”— que plantea que, cuando la pobreza es profunda, solo intervenciones de gran escala pueden romper el círculo vicioso. Sin embargo, este tipo de políticas son raras y costosas, y su efectividad sigue siendo objeto de debate.
En una investigación reciente con los economistas Adriana Camacho, Fabio Sanchez, y Michael Gilraine analizamos uno de los experimentos sociales más ambiciosos implementados en Colombia: el Programa de Vivienda Gratuita. Este programa no solo entregó viviendas sin costo a familias altamente vulnerables, sino que las ubicó en zonas relativamente bien localizadas, cercanas a servicios públicos, oportunidades laborales, y colegios. Utilizando la asignación aleatoria de las viviendas mediante sorteos, evaluamos si recibir una casa de manera gratuita tuvo efectos duraderos en la educación de los hijos de los beneficiarios. Los resultados son claros y sorprendentes: sí, una casa puede cambiar el futuro educativo de un niño.
Un programa excepcional en su diseño
El Programa de Vivienda Gratuita entregó alrededor de 100.000 viviendas a familias en situación de pobreza extrema, desplazamiento forzado o alta vulnerabilidad. A diferencia de otros programas habitacionales, estas viviendas se otorgaron completamente gratis, con la única condición de no venderlas ni arrendarlas durante los primeros diez años. El valor de mercado de cada vivienda rondaba los 30.000 dólares, una suma equivalente a aproximadamente diez años de ingresos para el hogar promedio beneficiario.
Además, el programa se distinguió por la ubicación de los proyectos: las viviendas se construyeron en áreas relativamente centrales y bien conectadas, evitando el aislamiento que ha caracterizado a muchos proyectos de vivienda social en América Latina. Dado que la demanda superó ampliamente la oferta, cerca del 30% de las viviendas se asignaron mediante sorteos. Esta lotería nos permite comparar, de manera causal, a familias que ganaron la vivienda con otras muy similares que no lo hicieron.
Más graduados, mejores puntajes y mayor acceso a la universidad
Los efectos del programa sobre los niños son notables. Encontramos que ganar una vivienda gratuita aumenta la probabilidad de graduarse de la educación media (un aumento de 7 puntos porcentuales), lo que representa un incremento del 16% respecto al promedio de los niños que no ganaron la lotería. En un país donde menos de la mitad de los jóvenes de hogares pobres logra terminar el bachillerato, este impacto es enorme.
Los beneficios no se detienen ahí. Los hijos de las familias beneficiarias tienen mayor probabilidad de presentar el examen de salida de la secundaria —requisito clave para ingresar a la educación superior— y obtienen mejores puntajes. Una vez corregimos por el hecho de que más estudiantes deciden presentar el examen, los resultados muestran aumentos de entre 0,1 y 0,2 desviaciones estándar en los puntajes. Finalmente, la probabilidad de acceder a la educación superior aumenta en alrededor de un 10%.
Estos resultados son particularmente impresionantes si se considera que, en promedio, los niños de nuestra muestra vivieron en las viviendas gratuitas durante poco más de cuatro años. Es decir, incluso con una exposición relativamente corta, los efectos educativos son grandes y significativos.
¿Por qué funciona la vivienda como política educativa?
La vivienda no es solo un techo. En este programa, recibir una casa implicó un paquete de cambios simultáneos que afectaron múltiples dimensiones de la vida familiar. Aunque no es posible separar completamente cada uno de estos mecanismos, la evidencia apunta a tres factores centrales: mejores escuelas, mejores barrios, y mayor estabilidad económica en el hogar.
En primer lugar, los niños que ganaron la vivienda comenzaron a asistir a escuelas de mayor calidad. Utilizando medidas de valor agregado escolar —que capturan cuánto aprenden los estudiantes en una escuela, más allá de su origen familiar— encontramos que una parte sustancial del aumento en la graduación se explica por el acceso a mejores instituciones educativas. De hecho, estimamos que cerca de un tercio del impacto total del programa en la graduación se debe a la mejora en la calidad de las escuelas a las que asisten estos niños.
En segundo lugar, las familias beneficiarias se mudaron a barrios más seguros y con mayores recursos. Los nuevos vecindarios presentan menores niveles de criminalidad, mayores ingresos promedio, y mejor acceso a transporte, parques, escuelas, y comercio. Encuestas realizadas a los hogares muestran reducciones significativas en los tiempos de desplazamiento diario y una menor exposición a problemas como ruido, basura, o inseguridad. Estos cambios en el entorno cotidiano pueden tener efectos profundos en el bienestar y las aspiraciones de los niños.
Finalmente, el programa generó un aumento sostenido en la riqueza y estabilidad económica de las familias. Cinco años después de recibir la vivienda, los hogares beneficiarios reportan mayores ingresos, mayor empleo, más activos durables y un mayor gasto en alimentos y bienes educativos. La seguridad que ofrece la vivienda —al eliminar el gasto en arriendo y otorgar un activo valioso— parece liberar recursos y reducir el estrés financiero, creando un entorno más propicio para la inversión en los hijos.
¿Es una política costo-efectiva?
Una preocupación frecuente frente a programas de gran escala es su costo. Sin embargo, cuando se analiza el costo por niño beneficiado, el Programa de Vivienda Gratuita resulta sorprendentemente competitivo. Dado que cada vivienda alberga, en promedio, poco más de dos niños, el costo por niño es comparable —e incluso ligeramente inferior— al de programas de transferencias monetarias condicionadas que se han implementado durante décadas en Colombia.
Más aún, mientras muchos programas sociales se centran exclusivamente en los niños, la vivienda genera beneficios simultáneos para toda la familia: mayores ingresos, mejores condiciones de vida y mayor integración urbana. Esto sugiere que las políticas habitacionales bien diseñadas pueden ser una herramienta poderosa para combatir la pobreza de manera integral.
Lecciones para la política pública
La evidencia es clara: no todas las políticas de vivienda son iguales. Muchos programas habitacionales en países en desarrollo han tenido efectos limitados o incluso negativos cuando reubican a las familias en zonas periféricas, con escaso acceso a empleo y servicios. El éxito del programa colombiano parece depender de tres elementos clave: la calidad de la vivienda, su localización en zonas bien conectadas y el carácter gratuito de la transferencia.
En conjunto, estos resultados invitan a repensar el rol de la vivienda en la política social. Más que un gasto, una vivienda bien ubicada y de buena calidad puede ser una inversión de largo plazo en el capital humano de la siguiente generación. En un país que busca reducir la desigualdad y ampliar las oportunidades, garantizar un hogar digno puede ser mucho más que una política urbana: puede ser una política educativa y de movilidad social.

