Las heridas que se heredan: trauma intergeneracional y desplazamiento en Colombia
17 de febrero de 2026
Andrés Moya, Profesor Asociado, Facultad de Economía, Universidad de los Andes
Doctorado: University of California, Davis.
Pregrado y maestría: Universidad de los Andes.Página personal: http://sites.google.com/view/andresmoya
Sobre la iniciativa voces: https://economia.uniandes.edu.co/voces
En Colombia, el desplazamiento forzado no termina cuando una familia llega a la ciudad. Sus legados pueden reaparecer años después en el desarrollo y la salud mental de niños y niñas que, en muchos casos, ni siquiera habían nacido cuando ocurrió el desplazamiento. En esta columna, quiero compartir evidencia de una encuesta representativa a niños y niñas en Medellín que sugiere precisamente eso: al comparar niños y niñas de familias desplazadas con pares no desplazados, observamos brechas amplias en desarrollo, bienestar socioemocional y síntomas de salud mental. El resultado es más preocupante porque que una fracción importante de estos niños y niñas nació después del desplazamiento de su familia y hereda estas heridas.
Este trabajo surge de un proyecto que realizamos en equipo con Sandra Rozo, del Banco Mundial, y Tatiana Hiller, estudiante de doctorado en UC Davis. Nuestro objetivo original era estudiar brechas de desarrollo entre niños, niñas y adolescentes venezolanos y sus pares colombianos en Medellín, y analizar si la regularización y el acceso efectivo a servicios contribuyen a cerrar esas brechas. Este proyecto se enmarca en una agenda de investigación sobre los efectos de la migración venezolana en Colombia y el impacto de los programas de regularización.
Para responder a esas preguntas, recolectamos datos de una muestra representativa de hogares venezolanos y colombianos en Medellín. En el análisis inicial, encontramos brechas sustanciales entre población venezolana y colombiana en desarrollo cognitivo y salud física y que éstas se reducen parcialmente cuando las familias logran acceder a los programas de regularización (el Estatuto de Protección Temporal, por ejemplo) y a los servicios de protección social del Estado.
Pero Medellín no es solo una ciudad receptora de migración venezolana. También es una ciudad receptora de desplazamiento interno por el conflicto armado. Al trabajar con una muestra representativa para la ciudad, encontramos de manera orgánica que más del 20% de los niños, niñas y adolescentes del grupo “colombiano” pertenecía a familias desplazadas, reconocidas legalmente como víctimas del conflicto.
La Figura 1 ilustra el primer mensaje central de esta columna. Al comparar niños y niñas en familias no desplazadas con aquellos en familias desplazadas, observamos brechas en desarrollo cognitivo y salud física (0.29 y 0.13 desviaciones estándar (de)), y brechas pronunciadas en desarrollo socioemocional (0.15 de), ansiedad (0.36 de), depresión (0.26 de) y trauma (0.26 de).
Figura 1. Brechas en el Desarrollo Infantil.

Nota: En el estudio, medimos desarrollo cognitivo y socioemocional, salud física y salud mental a partir de pruebas estandarizadas (como la prueba de lenguaje peabody y reportes de un adulto sobre la salud mental de los niños y niñas). Para hacer comparables resultados que están en escalas distintas, expresamos diferencias en desviaciones estándar. Cuando hablamos de “brechas” nos referimos a diferencias promedio entre grupos. Fuente: Hiller, Moya y Rozo (2025) VenRePS Kids Survey.
Este es un resultado de por sí preocupante. Pero lo es más cuando consideramos que cerca del 40% de los niños y niñas en familias desplazadas nació años después del desplazamiento de su familia (ver Figura 2). Incluso, un 10% de esta muestra nació ocho o más años después. Es decir, no estuvieron presentes cuando ocurrió el evento de conflicto o desplazamiento. Aun así, observamos brechas marcadas en desarrollo y salud mental. Esto ilustra la transmisión intergeneracional del trauma y la pobreza asociada al conflicto. Estos niños y niñas no vivieron el desplazamiento. No huyeron de sus tierras ni presenciaron los eventos que marcaron a sus familias. Sin embargo, sus trayectorias de vida y su desarrollo están truncadas por esos hechos pasados.
¿Qué mecanismos explican este fenómeno? Podríamos pensar que estas brechas reflejan principalmente las consecuencias económicas y sociales asociadas al desplazamiento. Después de todo, el desplazamiento destruye activos y redes, debilita oportunidades laborales y expone a entornos de mayor vulnerabilidad y puede considerarse como un “camino sin retorno a la pobreza”. Sin embargo, en nuestros datos las brechas persisten incluso cuando comparamos niños y niñas de familias desplazadas con pares no desplazados muy similares en la educación y la riqueza de sus familias e incluso cuando residen en el mismo barrio. Esto sugiere que, además de las restricciones materiales, hay otros mecanismos que operan y explican esta relación.
Figura 2. Edad al momento del desplazamiento

Nota: distribución de la edad de niños y niñas al momento del desplazamiento del hogar. Valores negativos indican que el niño o la niña nació después del desplazamiento y corresponden a los años transcurridos entre el desplazamiento y el nacimiento. Fuente: Hiller, Moya y Rozo (2025) VenRePS Kids Survey.
El mecanismo adicional más plausible es la salud mental de quienes cuidan, y su efecto sobre la calidad del cuidado en la primera infancia. El conflicto, el desplazamiento forzado, el desarraigo y la vulnerabilidad prolongada erosionan el bienestar psicológico y elevan el estrés crónico. Esto limita la capacidad de quienes cuidan de responder de manera predecible y consistente a las necesidades emocionales de niños y niñas, lo cual es central para construir seguridad y una adecuada co-regulación emocional.
Cuando un niño o niña experimenta adversides de manera sistemática y no cuenta con un cuidado sensible y receptivo por parte de un adulto, se produce una sobreactivación de sus sistemas biológicos, incluyendo el sistema de respuesta al estrés. Esto altera la arquitectura cerebral, la salud física y mental y el desarrollo cognitivo y socioemocional. Nuestros resultados indican que los niños y niñas no necesita experimentar el choque del conflicto directamente; las secuelas emocionales en su familia son suficientes para activar estos factores de riesgo.
Esta hipótesis se alinea con trabajos recientes, incluyendo un artículo que publicamos con Juliana Sánchez-Ariza, estudiante de doctorado en Boston University y Jorge Cuartas, profesor de psicología aplicada en NYU, en donde encontramos que la salud mental de los cuidadores explica entre el 50% y el 80% del efecto del conflicto sobre el desarrollo infantil temprano, incluso para niños y niñas que nacieron años después. Así mismo, hay otros estudios en Economía auntando en la misma dirección, como el estudio de Persson y Rossin-Slater quienes han identificado cómo el estrés prenatal impacta la salud mental de la siguiente generación.
La evidencia biológica también avanza en esta dirección: un estudio reciente en Nature Scientific Reports evaluó marcas epigenéticas asociadas a la exposición a violencia en tres generaciones en familias refugiadas sirias y suguiere que la violencia puede afectar la expresión del genoma humano, dejando marcas que perduran por generaciones.
Implicaciones de política pública
Si parte de estas brechas intergeneracionales se sostienen por la salud mental de quienes cuidan de la primera infancia, la respuesta no puede limitarse a atención clínica tardía y escasa, ni a apoyos puntuales desconectados de las relaciones de cuidado. Se requieren modelos preventivos, comunitarios y escalables que reduzcan barreras de acceso, enfrenten el estigma y fortalezcan prácticas de cuidado.
En Colombia existe una ventana de oportunidad en esta dirección. La nueva Ley de Salud Mental (Ley 2460 de 2025) refuerza un enfoque preventivo y comunitario y prioriza explícitamente a niños, niñas, adolescentes y jóvenes. El reto es pasar del marco legal a modelos que funcionen en la práctica, especialmente para quienes cuidan de la primera infancia, y que puedan implementarse, evaluarse y ajustarse en territorios receptores de población desplazada. En esa transición, vale la pena mirar modelos comunitarios basados en evidencia que ya existen en el país, como nuestro trabajo en Semillas de Apego, así como otras experiencias de acompañamiento psicosocial comunitario desarrolladas en Colombia, incluyendo las impulsadas por Wilson López y su equipo en Montes de María, o el proyecto Stars-C liderado por María Cecilia Dedios en comunidades en Caquetá.
Si no atendemos la salud mental de quienes cuidan, el trauma de hoy seguirá convirtiéndose en desigualdad mañana, incluso entre niños y niñas que nacen años después del desplazamiento.

