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  • De dualidad en dualidad

  • 28 de abril de 2026

    Luis Felipe Sáenz, Profesor Asistente, Departamento de Economía, University of South Carolina.

    Doctorado: University of Illinois.
    Pregrado y maestría: Universidad de los Andes.

    Página personal: https://sites.google.com/site/luisfelipesaenz/

     

    Sobre la iniciativa voces: https://economia.uniandes.edu.co/voces


    La revolución industrial puede entenderse como el paso de un mundo sin progreso material a otro en el que el ingreso per cápita crece de forma sostenida, generación tras generación. Se trata de un punto de inflexión histórico que separa un mundo tradicional, en el que los ingresos del grueso de la población permanecieron bajos y esencialmente estables durante siglos, de un mundo moderno en el que cada nueva generación puede aspirar a vivir mejor que la anterior. Esta ruptura quiebra el orden descrito por Malthus y Ricardo y marca el inicio de una transformación profunda en la capacidad del sistema capitalista para generar mejoras materiales continuas, una posibilidad histórica que incluso Marx y Engels ya vislumbraban en el Manifiesto Comunista (Marx y Engels, 1948 [1848]).

    Sin embargo, como advirtió Arthur Lewis (1954) en su estudio clásico sobre el desarrollo económico, este quiebre, más que histórico, es geográfico. El surgimiento del crecimiento económico moderno puede coexistir con el mundo tradicional y, más que una transición uniforme, la modernidad da origen a una estructura de dualidad productiva (Lewis, 1954).

    En esta entrada de Voces, quiero compartir algunas reflexiones inspiradas en el diagnóstico de Lewis, muchas de ellas derivadas de un trabajo conjunto con Juan Carlos Echeverry sobre la llegada de Colombia a la modernidad económica, escritas para un libro de historia económica de Colombia, editado por Adolfo Meisel y próximo a salir.

    La experiencia histórica sugiere que hacia mediados del siglo XX Colombia ya formaba parte del mundo moderno. Tras el auge cafetero de los años veinte, cobra sentido hablar de una economía colombiana. El país dejó de ser un archipiélago de economías regionales desconectadas y avanzó hacia una economía nacional más cohesionada, como lo documentó tempranamente Luis Eduardo Nieto Arteta (1971).

    Pero tal como anticipaba Lewis, ese ingreso a la modernidad no eliminó el mundo tradicional, sino que marcó una profunda distancia entre “dos” Colombias: una integrada a la economía cafetera y otra esencialmente estancada en una trampa malthusiana. La integración del café conectó a Bogotá y Medellín con la zona cafetera y con su principal puerto en Barranquilla, pero grandes extensiones del país permanecieron al margen de ese proceso. En esencia, un número “infinito” de almas descafeinadas no tenía relación que ver con la modernidad.

    Décadas más tarde, sectores dinámicos como el petróleo, la construcción y los servicios urbanos coexistieron con regiones y actividades estancadas durante largos períodos. El desarrollo de los sectores minero-energéticos, con el apoyo de capital extranjero, actuó como un poderoso catalizador de conocimiento y tecnología de frontera. Más aún, el petróleo y el carbón no solo aliviaron las restricciones macroeconómicas externas, sino que anclaron a Colombia en la economía moderna mediante divisas, recursos fiscales, infraestructura y capacidades técnicas.

    Estos sectores fueron motores importantes del crecimiento en la segunda mitad del siglo XX, pero no lograron arrastrar al conjunto del territorio ni absorber plenamente la fuerza laboral excedente, dejando, de nuevo, a amplias zonas del país al margen de los beneficios de la modernidad. Con este diagnóstico, se planteó en Colombia la necesidad de hacer algo grande: un “gran impulso”, en palabras de Rosenstein-Rodan (1943), o una política industrial, como se la denominaría hoy (explotando un término poco preciso y muy abusado). Ese empuje tomó una forma muy concreta: la construcción de vivienda urbana.

    Bajo la influencia de Lauchlin Currie y su propuesta de Las Cuatro Estrategias, la vivienda fue concebida como el sector líder del desarrollo (Cuevas, H., 2002 [1967]). Se trataba de una actividad intensiva en mano de obra no calificada, con amplios encadenamientos productivos y capaz de absorber rápidamente a la población que migraba del campo a la ciudad. La apuesta era explícitamente lewisiana: acelerar la urbanización para facilitar el tránsito del trabajo excedente desde actividades tradicionales hacia un núcleo moderno y productivo. La vivienda no era solo una respuesta al déficit habitacional, sino el instrumento central para convertir la migración rural-urbana en modernización económica.

    Sin embargo, la gran paradoja del mundo en desarrollo, a la que Colombia no escapa, es que la urbanización no es necesariamente sinónimo de modernidad. Las grandes ciudades no eliminan la dualidad; con frecuencia la reproducen y la amplifican. Los centros urbanos concentran sectores altamente productivos, pero también vastos segmentos de empleo informal, de rebusque y de actividades de muy baja productividad. La migración del campo a la ciudad no garantiza, por sí sola, la incorporación al sector moderno. La dualidad deja de ser rural-urbana para convertirse en una dualidad dentro de un epicentro de “infinita” informalidad urbana.

    En este contexto, la urbanización acelerada puede generar grandes ciudades, incluso megaciudades, pero sin una mayor transformación productiva y con una carga leónica sobre la poca modernidad; surgen cinturones de informalidad, mercados laborales segmentados y servicios urbanos que absorben trabajo sin generar aumentos sostenidos de la productividad. La ciudad deja de ser el espacio de la modernización automática y se convierte en el escenario donde conviven, lado a lado, la economía moderna y formas esencialmente malthusianas de subsistencia.

    En estas condiciones, las recetas tradicionales de crecimiento resultan limitadas. El verdadero crecimiento económico no consiste en mover personas de un lugar a otro, sino en transformar lo que producen y cómo lo producen donde lo producen. El desarrollo no es, fundamentalmente, migración, sino transformación productiva. Las economías crecen cuando crean nuevas actividades, nuevas combinaciones productivas y nuevas formas de organización que elevan la productividad del trabajo allí donde la gente ya vive, más que la dependencia exclusiva de su traslado hacia los centros urbanos tradicionales.

    Esta distinción es central para entender la persistencia de la dualidad en Colombia. Hoy el país enfrenta una doble dualidad: entre regiones rurales y urbanas, y dentro de las propias ciudades. No es evidente que un mayor crecimiento de los sectores modernos existentes, por virtuoso que sea y que se deba celebrar, pueda absorber empleo de calidad para más de la mitad de la fuerza laboral. El éxodo rural aún no ha concluido y las principales ciudades, donde se concentra la modernidad simplemente no dan abasto.

    Podría continuar con una larga lista de agravios conocidos, pero prefiero cerrar con una reflexión inspirada en un trabajo reciente de Michael Peters y sus coautores. Su análisis del proceso de industrialización en Estados Unidos muestra que buena parte de la transformación productiva americana fue un desafío a la lógica lewisiana. Más que un crecimiento impulsado por la migración masiva hacia unas pocas ciudades industriales, el desarrollo estadounidense estuvo asociado a la transformación productiva de numerosos territorios rezagados. Sí, hubo una migración masiva a Detroit, pero también una transformación productiva en el sur. La industrialización no se explica solo por migraciones emblemáticas, sino porque muchas regiones rurales iniciaron, en algún punto de su historia, procesos casi milagrosos de cambio productivo en su propio territorio (Eckert, Juneau y Peters, 2023).

    Polonia ofrece un laboratorio similar en un contexto histórico distinto. Tras la caída del Muro de Berlín y el salto a la economía de mercado, el debate se concentró en el destino de las miles de empresas estatales heredadas del socialismo y en la velocidad de su privatización. Sin embargo, como documenta Sachs (1993), la privatización masiva era logísticamente costosa y políticamente inviable, y no fue el principal motor de la transición. El éxito de la terapia de choque en Polonia (sí, fue un éxito) se debió al surgimiento de nuevas empresas, nuevos sectores y nuevas fuentes de empleo que crecieron mucho más rápido que el proceso de privatización.

    Vista desde esta perspectiva, Colombia no enfrenta un problema de ausencia de potencial de crecimiento, sino uno de realización dispersa e incompleta. El país ha sido capaz de generar núcleos modernos, productivos y dinámicos, pero no de multiplicarlos de manera sistemática en todo el territorio. El desafío no es integrar todo el país a los centros existentes, sino permitir la aparición de nuevos centros, nuevas especializaciones y nuevas trayectorias de desarrollo. Más transformación local, y más integración regional. Cumplir con nuestra aspiración constitucional pasa por una verdadera descentralización de la producción. Es una conjetura exigente, pero también esperanzadora: solo bajo estas condiciones las ganancias en bienestar pueden ser verdaderamente milagrosas para la “otra” Colombia.

     

    Referencias

    Cuevas, H. (2002 [1967]), Las cuatro estrategias 1971-1974, en Modelos de Desarrollo Económico, Colombia 1960-2002,Ed. Oveja Negra.

    Eckert, F., Juneau, J., & Peters, M. (2023). Sprouting Cities: How Rural America industrialized. AEA Papers and Proceedings, 113, 87–92.

    Lewis, W. A. (1954). Economic Development with Unlimited Supplies of Labour. The Manchester School, 22(2), 139–191.

    Marx, K., & Engels, F. (1948 [1848]). The Communist Manifesto.  New York: International Publishers.

    Nieto Arteta, L. E. (1971). El café en la sociedad colombiana. Bogotá: Ediciones La Soga al Cuello.

    Rosenstein-Rodan, P. (1943). Problems of Industrialisation of Eastern and South Eastern Europe. The Economic Journal, 53(210/211), 202–211.

    Sachs, J. D. (1993). Poland’s Jump to the Market Economy. Cambridge, MA: MIT Press.