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  • Aire limpio para aprender

  • 14 de abril de 2026

    Mauricio Romero, Profesor Asociado en el ITAM (CDMX, Mexico).

    Doctorado: Universidad de California, San Diego.
    Pregrado y maestría: Universidad de los Andes.

    Página personal: https://mauricio-romero.com/

     

    Sobre la iniciativa voces: https://economia.uniandes.edu.co/voces


    La contaminación del aire reduce la esperanza de vida en 1.9 años en el mundo, comparable al conflicto armado en Colombia, el tabaco, más que el alcohol o el agua contaminada. Pero la contaminación también afecta la capacidad de pensar, concentrarse y aprender. Y afecta, sobre todo, a quienes menos pueden protegerse: los niños.

    En Bogotá, la concentración promedio de contaminación (medida como PM2.5) es cuatro veces mayor (~20 microgramos por metro cúbico) que la contaminación que la OMS considera segura. Pero la exposición no se distribuye de forma pareja: el sur y el occidente de la ciudad, donde viven las familias de menores ingresos, registran las concentraciones más altas. Los niños de los barrios más pobres respiran el peor aire.

     

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    [Gráfica 1: Mapa de concentración de PM2.5 en Bogotá con la ubicación de los colegios públicos. Fuente: elaboración propia con datos del SISAIRE de 2022.]

    Regular las fuentes de contaminación es necesario, pero políticamente difícil. Los beneficiarios de un aire más limpio son millones de personas, cada una de ellas afectada un poco. Los que asumen el costo de cumplir la regulación son unas pocas industrias y empresas de transporte, con alta capacidad de organización y de presión política. No es sorprendente que la regulación avance despacio (cuando avanza).

    Entonces, ¿qué se puede hacer ya? Una opción es proteger los espacios interiores en entornos públicos, como colegios y hospitales, mediante filtros HEPA que capturan partículas finas del aire. Aunque existen versiones industriales, también hay opciones para hogares y espacios pequeños, como salones de clase (e.g., https://smartairfilters.com y https://www.levoit.com/). Son equipos pequeños, portátiles, silenciosos, de bajo consumo eléctrico, que no requieren obras ni instalación especial. Se enchufan a un tomacorriente, se encienden y empiezan a limpiar el aire.

    Sin embargo, la pregunta clave es si funcionan en la práctica. No en un laboratorio, sino en colegios públicos reales, con ventanas abiertas, con maestros que pueden olvidarse de encenderlos, con niños que pueden desconectarlos. Junto con Michael Kremer (de la Universidad de Chicago) y Santiago Saavedra (de la Universidad del Rosario), diseñamos dos experimentos para responder esa pregunta.

    Los filtros mejoran puntajes y reducen enfermedades

    En el primer estudio, instalamos purificadores HEPA en 357 colegios públicos de Bogotá en 2023, seleccionados al azar entre todos los colegios de la ciudad. Más de 42,000 estudiantes de grados décimo y once participaron cada año. Medimos el efecto sobre los puntajes del examen Saber 11, que los estudiantes presentan en un lugar centralizado, fuera del colegio. Esto nos permite separar el efecto de respirar aire más limpio durante meses de clases del efecto de respirarlo el día del examen.

    Los resultados del primer año fueron positivos: los estudiantes de colegios con filtros obtuvieron, en promedio, un punto más en el Saber 11, que va de 0 a 500, que los de colegios sin filtros. El efecto es modesto pero equivalente a la meta del Plan de Desarrollo de la alcaldía actual. Los monitores de calidad del aire instalados en los salones confirman que los filtros reducen la concentración de partículas finas, especialmente durante las horas de clase y cuando la contaminación exterior es alta.

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    [Gráfica 2: Puntaje promedio en la prueba Saber 11 en los colegios de control (barras), y la diferencia de los colegios de tratamiento (el punto con su intervalo de confianza) en 2023. Elaboración propia con datos del ICFES.]

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    [Gráfica 3: Diferencia entre lecturas de PM2.5 dentro y fuera del salón, por hora del día, en colegios con y sin filtros. Fuente: datos propios, 2023.]

    Sin embargo, en el segundo año no observamos efectos en los puntajes. La explicación más probable es sencilla: al visitar los colegios después de las vacaciones, encontramos que el 85% no estaba usando los filtros. Ahora estamos explorando cómo fomentar el uso.

    En el segundo estudio nos enfocamos en los más pequeños. Instalamos filtros en 214 jardines infantiles públicos de Bogotá en 2025, con 3,450 niños de grado Transición (5-6 años). Aquí no sólo medimos el aprendizaje sino también la salud de los niños. En los jardines con filtros, los docentes reportaron 12 puntos porcentuales menos de gripa entre sus alumnos (de una base de 81%), 15 puntos porcentuales menos de tos persistente (de una base de 47%) y 12 puntos porcentuales menos de infecciones respiratorias (de una base de 25%). Que haya menos niños enfermos implica menos ausentismo, lo cual se refleja en los datos de asistencia, y más días efectivos de aprendizaje.

    ¿Vale la pena la inversión?

    Un purificador cuesta 288 dólares, dura unos ocho años y requiere un filtro de reemplazo de 54 dólares al año, más 11 dólares de electricidad. El costo por estudiante, asumiendo 40 estudiantes por salón, es de 2-3 dólares por año. Comparamos este costo con el de otras intervenciones educativas evaluadas por el Panel Global de Evidencia en Educación (GEEAP), que clasifica los programas según el aprendizaje que generan por cada 100 dólares invertidos. Los filtros de aire se ubican en el rango de las intervenciones consideradas buenas inversiones. Si el efecto que encontramos en el primer año se repite aunque sea la mitad de los años, el retorno estimado de la inversión (en salarios más altos) es de entre 20 y 40 veces el costo.

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    [Gráfica 4: años de aprendizaje ajustados (LAYS) por cada US$100, filtros de aire comparados con otras intervenciones educativas. Fuente: Elaboración propia, con datos del GEEAP.]

    Una medida simple mientras llega la regulación

    Los filtros de aire no sustituyen la regulación de las fuentes de contaminación. Reducir las emisiones de vehículos e industrias sigue siendo la solución de fondo. Pero mientras esa regulación avanza, los filtros son una medida concreta y escalable. Y la urgencia no es solo sanitaria: la contaminación del aire  tiene una dimensión de equidad que rara vez se discute: los niños de los barrios más pobres respiran el peor aire, aprenden menos por eso, y ven reducidas sus posibilidades de movilidad social. Un gobierno local podría romper parte de ese círculo vicioso equipando los salones de clase de sus colegios públicos a un costo menor que el que destina a muchas intervenciones menos efectivas. No es la solución definitiva, pero es algo que se puede hacer mañana.

    Nota breve. Bogotá no es la única ciudad latinoamericana con este problema. La Ciudad de México, donde vivo desde hace 8 años, es famosa por su mala calidad del aire. En mayo de 2017, Claudia Sheinbaum publicó en Twitter (ahora X) esto:

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    Sheinbaum tiene un doctorado en ingeniería energética. Después de ese trino, fue jefa de gobierno (lo que en Colombia llamaríamos alcaldesa mayor) de la Ciudad de México durante cinco años (2018-2023) y hoy es presidenta de la República (2024-2030). Sin embargo, la calidad del aire en la capital mexicana sigue igual o peor. Si alguien con un doctorado y experiencia en investigación sobre emisiones de contaminantes, cinco años de gobierno local (más otros tantos como secretaria de ambiente de la Ciudad de México y otros cargos públicos) y ahora la máxima autoridad del país no ha logrado resolver el problema, quizás convenga invertir en filtros en el entretanto.